En el Día del Maestro, una reflexión sobre quienes dejaron huellas que van mucho más allá de un aula, una nota o un libro: maestros que nos ayudaron a descubrir quiénes podíamos llegar a ser.
Hay personas que pasan por nuestra vida y otras que, aunque hayan pasado muchos años desde la última vez que las vimos, se quedan para siempre. Hoy, en el Día del Maestro, quiero hablar justamente de ellos.
Y no solamente de quienes nos enseñaron a leer, a escribir, a sumar o a conocer la historia. Quiero hablar de aquellos maestros que, muchas veces sin darse cuenta, nos enseñaron algo mucho más importante: quiénes podíamos llegar a ser.
Porque un maestro no trabaja solamente con conocimientos. Trabaja con personas. Con chicos que llegan al aula con sus sueños, sus miedos, sus problemas, sus familias y también con sus silencios y sus heridas.
Frente a ellos está el maestro, con una tiza, un pizarrón, un libro, una computadora, pero sobre todo con algo que ninguna tecnología puede reemplazar: su humanidad.
Es el maestro que recuerda el nombre de un alumno después de 30 años. El que sabe cuándo un chico está triste aunque diga que está bien. El que descubre una capacidad donde otros solamente ven dificultades. El que alguna vez dijo: “Vos podés. Dale”. Y quizás esa frase, aparentemente pequeña, terminó cambiando una vida.
Ayer escuchábamos justamente una historia que refleja ese poder. Leticia Cusit contó cómo una maestra, a través de una frase y de un reto, terminó marcando un camino que años después la llevó a convertirse ella misma en maestra.
Y ahí aparece algo enorme: nunca sabemos hasta dónde puede llegar una palabra.
El poder de la palabra es tan grande que, incluso desde la fe, creemos que Dios utilizó la palabra para crear el mundo. Entonces, ¿cómo no pensar en lo que puede hacer una palabra dicha en el momento justo por un maestro?
Un docente quizás nunca llegue a enterarse de que aquel alumno que tuvo sentado frente a él necesitaba justamente escuchar que alguien confiaba en él. Tampoco sabrá, quizás, que muchos años después alguien va a recordar su voz, su manera de explicar, una mirada, un consejo o una frase.
Y eso también es educar.
Por eso la tarea docente tiene una dimensión profundamente social. Porque cada maestro, todos los días, ayuda a construir la sociedad que tendremos mañana.
En tiempos en los que muchas veces parece que todo se mide en dinero, resultados, estadísticas y eficiencia, hay trabajos cuyo verdadero valor es mucho más difícil de medir.
¿Cómo se mide haber despertado una vocación? ¿Cómo se mide haber inspirado a alguien a contar, a enseñar, a curar? ¿Cómo se mide haberle devuelto la confianza a una persona?
¿Cómo se mide la emoción de un maestro cuando, muchos años después, un exalumno vuelve y le dice: “Profe, ¿se acuerda de mí?”?
No hay planilla que pueda registrar eso. No hay cálculo de Excel que pueda medirlo. No hay estadística capaz de ponerle un número.
Porque hay cosas que no se pueden medir. Se pueden sentir.
Sentir alegría cuando un alumno aprende. Preocuparse cuando no aprende. Angustiarse cuando algo le pasa. Celebrar cuando consigue algo. Y seguir intentando cuando parece que ya no queda nada por hacer.
Pero también quiero pensar hoy en el maestro como persona.
Porque detrás del docente hay un hombre o una mujer que tiene sus propios problemas, preocupaciones, cansancios y responsabilidades. Y, sin embargo, al otro día entra nuevamente al aula y vuelve a empezar.
Quizás nadie sepa cómo llegó ese día. Quizás nadie sepa qué dejó en su casa.
Quizás nadie sepa que en su casa quedaron papeles recortados, telas, fibrones, lápices, trabajos sin terminar y un escritorio que nunca alcanza. Quizás nadie sepa que no llegó a lavar la ropa, que no cocinó o que tuvo que postergar algo propio para preparar las cosas que necesitaba llevar al aula.
Y aun así, ahí está.
Frente a sus alumnos. Dando y dándose.
Y eso tiene algo de extraordinario.
Porque enseñar no es solamente transmitir conocimientos. Enseñar es entregar una parte de uno mismo.
Quizás por eso algunos maestros permanecen en nuestra memoria mucho tiempo después de que olvidamos exactamente qué nos enseñaron.
No recordamos aquella fórmula. No recordamos aquella fecha histórica. No recordamos exactamente qué decía una página del libro.
Pero recordamos al maestro.
Recordamos su voz, su paciencia, su exigencia, su sonrisa, sus enojos y aquel reto que alguna vez nos molestó y que muchos años después terminamos comprendiendo.
Recordamos, sobre todo, aquella vez que nos dijo que podíamos hacerlo cuando nosotros todavía no lo creíamos.
Y quizás ahí esté la verdadera dimensión de un maestro: no solamente enseñar lo que sabe, sino ayudar a descubrir lo que somos capaces de hacer.
Por eso hoy quiero decir gracias.
Gracias a los maestros que llegan temprano. A los que preparan sus clases. A los que corrigen después de horas. A los que se capacitan. A los que llevan las preocupaciones a sus casas. A los que escuchan cuando un alumno necesita hablar. A los que conocen las historias detrás de cada chico y de cada familia.
Gracias a los que se emocionan con los logros de sus alumnos y también a los que se frustran cuando sienten que no pudieron ayudarlos.
Y especialmente gracias a aquellos maestros que, aun cansados, aun golpeados por las dificultades de todos los días y muchas veces atravesando situaciones económicas muy difíciles, siguen creyendo que educar vale la pena.
Porque quizás alguna vez pensemos que una sociedad cambia con grandes discursos. Y seguramente los necesita.
Pero también cambia de una manera mucho más silenciosa.
Cambia en un aula. En la voz de un maestro. En la mano de un chico que aprende a escribir. En una pregunta. En una respuesta. En una palabra de aliento. En alguien que descubre que puede.
Y tal vez ese sea uno de los gestos más hermosos que puede hacer un ser humano por otro: ayudarlo a convertirse en quien todavía no sabe que puede ser.
Por eso, en este Día del Maestro, también quiero saludar de manera muy especial a quienes tengo cerca.
A la mamá de Agustín, que es maestra. A Silvina, mi esposa. A Mirta, la abuela de mi hija. A Juli, la mamá de Cecilia. Y, por supuesto, a todos aquellos maestros que alguna vez fueron nuestros maestros y que dejaron algo de ellos en nosotros.
Porque seguramente muchos de ellos no sepan cuánto significaron.
Y quizás eso sea lo más maravilloso de esta profesión: dejar una huella sin saber hasta dónde llegará.
Feliz Día del Maestro a los que enseñan, a los que acompañan y a los que dejan huellas.
A esos maestros que, aunque hayan pasado muchos años desde aquella última clase, todavía viven en algún rincón de nuestra memoria.
Porque hay maestros que enseñan una materia.
Y hay maestros que, sin saberlo, nos enseñan la vida.
Feliz día, queridos maestros.
Editorial por Sergio Raynoldi