El triunfo libertario dejó algo más que números: un espejo sobre cómo votamos, por qué lo hacemos y qué tan libres somos al decidir.
Más del 60% de los argentinos fue a votar, cuando muchos creían que ni siquiera alcanzaríamos el 40%. En el norte santafesino, salvo excepciones puntuales como Avellaneda o Villa Guillermina, donde el peronismo ganó por el 63%, el mapa se tiñó de sorpresa. Javier Milei volvió a imponerse, representado en la zona por Agustín Pellegrini, un candidato que nadie conoce: ni su voz, ni su cara, ni sus ideas.
Pero el voto fue para él, o mejor dicho, para el gobierno de Milei, sin importar quién figure en la boleta. Y los mercados, fieles a su lógica, celebraron: bajó el dólar, el riesgo país cayó, y las acciones argentinas se dispararon en un 25% en Wall Street. Mientras tanto, la canasta familiar siguió igual.
El reflejo de un país sin memoria
La política argentina parece repetirse como un eco sin fin. Milei promete diálogo y reformas —laboral, impositiva, judicial— y la mitad del país le cree. Pero ¿en qué cree realmente la gente? ¿En un proyecto, en una idea, o simplemente en el deseo de que todo cambie, aunque no sepamos hacia dónde?
Ahí entra la filosofía. Nietzsche decía que el mundo se divide entre quienes siguen sus propios deseos y quienes siguen los deseos de los demás. Los primeros son fuertes; los segundos, obedientes. Quizás en eso radique el dilema argentino: creemos que decidimos, pero terminamos siguiendo lo que otros deciden por nosotros.
El recuerdo de una broma y una lección
Hace más de 25 años, en una radio de Reconquista, unos amigos hicieron una broma. Simularon al aire que un edificio se estaba por caer. No existía tal edificio. Pero la gente salió corriendo a verlo, se agolpó en la esquina, preguntó si había muertos, buscó los escombros. Creyeron lo que escucharon, sin pensar, sin mirar, sin comprobar.
La historia era una farsa, pero sirvió para algo: mostrar que cuando se repite una mentira con convicción, la gente deja de pensar y empieza a actuar como manada.
Corremos sin saber por qué
Hay un chiste que lo resume: una perrera aparece y todos los perros corren; un gato los sigue, hasta que se detiene y piensa: “¿Para qué corro si soy gato?”.
En la política pasa lo mismo. Corremos detrás de los gritos, de los slogans, de los enemigos inventados, sin detenernos a pensar si eso que perseguimos es realmente nuestro deseo o el deseo de otros.
La responsabilidad de elegir
De los más de 60% que fueron a votar, el 40% apoyó al gobierno de Milei. No está mal creer en alguien. Lo grave es hacerlo sin conocerlo, sin cuestionarlo. El pueblo le dio al gobierno todo el poder para seguir haciendo lo que quiera con el país. Ojalá lo use para que los argentinos vivamos bien, no para que los mercados festejen.
El mensaje fue claro: “kirchnerismo nunca más”. Pero en ese rechazo, en esa furia, parece que dejamos de lado la reflexión. Sin partidos sólidos, sin líderes visibles, sin alternativas reales, muchos votaron por descarte. En Reconquista, Avellaneda y buena parte del norte provincial, ganó un hombre que nunca vino, al que nadie conoce.
La elección del deseo ajeno
Nietzsche tenía razón. En el fondo, hay dos clases de personas: las que persiguen sus propios sueños y las que corren detrás de los deseos ajenos creyendo que son suyos. En esta elección, me temo que la mayoría corrió sin pensar por qué.
Y sin embargo, pese a todo, hay algo que nunca se debe perder.
La esperanza.
Editorial por Sergio Raynoldi.