Año 1.947, el segundo de mi escolaridad primaria. Nuestra Escuela, aquella vez, era la Nacional Nro. 148 de Campo Grande, que luego pasó a ser Provincial 6148 “Juan José Paso”, y a este lugar le fuera también cambiado el nombre por el de Santa Ana, distante a unos tres kilómetros y medio de nuestra casa.
Con nueve años de edad, cursaba el primer grado superior. Concurríamos a la escuela, la gran mayoría, caminando, otros chicos lo hacían a caballo, o en sulky, los más alejados. Estimo en un centenar los alumnos que asistíamos a esta Escuela en esos años, desde el primer grado inferior hasta el cuarto grado. Aclaro que, las Escuelas Nacionales, hasta aproximadamente el año 1.954, el ciclo primario abarcaba desde el primer grado inferior y concluía con el cuarto grado. En cambio, en las Escuelas Provinciales, el ciclo terminaba con el sexto grado.
En el año 1.946, la directora y única docente para todos los grados era la señorita Yolanda Gómez Palma. En el año 1947 se incorpora además, como maestra de grado, la señorita Colela Longhi.
Era un día martes 20 de mayo de aquel año 1.947. El turno era a la mañana, aún antes de llegar a la Escuela, empezamos a notar que algo raro sucedía, en el ambiente, la luz del sol opacándose, todo se ponía de un tono grisáceo, vibrante.
Llegamos un poco más tarde de lo habitual, previo aviso de las docentes, que ellas llegarían esa mañana alrededor de las 9, por un trámite que debían realizar en la ciudad. Para esa hora ya se estaba oscureciendo el cielo, como un anochecer, veíamos las gallinas de las familias vecinas de la Escuela regresar a sus dormideros, trepando los árboles, los pájaros volviendo a sus nidos… y para las 10/11 de la mañana se hizo de nuevo la noche. Todos los niños, y yo también, estábamos aterrorizados y sin saber qué estaría pasando.
Para colmo, unos días antes, mi tía María, en las habituales tertulias nocturnas después de la cena, como era costumbre en mi casa, ella siempre tenía a mano algún relato, que podían ser cuentos, o adivinanzas, o historias de “luces malas”, silbidos y apariciones misteriosas, historias familiares, anécdotas, etc. Además había leído la Biblia, y de allí también surgían temas de conversación, misterios, profecías.
Justamente, unos días antes del eclipse, en una de esas noches comentó que, según ella, el fin del mundo estaría próximo. Pero antes habría señales en el cielo y en la tierra, grandes guerras (hacía un año y medio que había terminado la catastrófica segunda guerra mundial), pestes, que se iba a oscurecer el sol y que las estrellas caerían del cielo. En ese momento, todo eso se me vino a la cabeza, tuve la intención de huir hasta mi casa y para estar junto a mi mamá.
Por fin, las maestras nos llamaron para explicarnos que se trataba de un eclipse total del sol, y este fenómeno ocurría porque la luna se interponía entre el sol y la tierra. Que duraría unas horas y todo volvería a la normalidad. Ellas habían escuchado en la radio esta noticia, del anuncio previo del eclipse, nosotros, la gran mayoría, al no receptor de radio ni escuchar ningún comentario al respecto, lo ignorábamos totalmente.
Un detalle: en toda la colonia de Santa Ana, solamente había tres familias que poseían radio… y que se escuchaba radio muy poco tiempo durante el día.
Obviamente, ese día no hubo clases… fueron suspendidas por falta de luz. Y cuando comenzó a aclarar, después del mediodía, regresamos a casa, pero el ambiente, por unas horas más, seguía estando raro, la luz alterada del sol hasta puede producir mareos.
La crónica periodística de la época expresaba que en el año 1893 hubo en Argentina un eclipse total del sol. El 20 de mayo de 1.947 ocurrió un eclipse total del sol similar, cuya sombra barrió el centro y el noreste de nuestro territorio. Un observatorio de Córdoba se instaló en la zona, por ser el epicentro del fenómeno, para su observación y registros fotográficos… pero el susto, a los chicos, nos duró unos cuantos días más…
Albino José Brach