Hay algo que se está rompiendo en la Argentina.
No es solo la economía. No es solo la política.
Es algo más profundo: el lazo social.
Vivimos un tiempo donde el “nosotros” parece haber sido reemplazado por el “yo primero”.
Un tiempo donde crece el individualismo extremo, el “edinismo” —esa lógica de encierro en el propio interés— y el “sálvese quien pueda” como filosofía cotidiana.
Y cuando esa lógica se instala arriba, en la dirigencia, el daño es mayor.
La sensación —y no es solo una percepción aislada— es que gran parte de nuestra clase dirigente, sin distinción de partidos, ideologías o discursos, parece más preocupada por garantizar su supervivencia política, económica o judicial que por reconstruir un proyecto común de país.
Se cuidan entre ellos.
Se negocian entre ellos.
Se perdonan entre ellos.
Pero la sociedad queda afuera.
La fractura social no se produce únicamente por la pobreza o la inflación. Se produce cuando la ciudadanía siente que no hay conducción moral. Cuando el ejemplo que baja desde el poder es el de la ventaja individual, la especulación y el oportunismo.
El problema no es solo económico. Es cultural.
Cuando el vecino deja de confiar en el vecino.
Cuando el comerciante sospecha del cliente.
Cuando el trabajador siente que el esfuerzo no alcanza.
Cuando el joven descree de todo.
Ahí empieza el verdadero quiebre.
La Argentina supo construir comunidad incluso en la adversidad. Supo tener debates duros, pero con un horizonte compartido. Hoy, en cambio, el horizonte parece fragmentado: cada sector pelea su metro cuadrado, cada dirigente su cargo, cada espacio su cuota de poder.
Y mientras tanto, la sociedad se fragmenta.
El “sálvese quien pueda” es el síntoma de un país que perdió confianza en el proyecto colectivo. Y sin proyecto colectivo, no hay nación que resista.
La pregunta es incómoda pero necesaria:
¿Quién está pensando en el largo plazo?
¿Quién está dispuesto a pagar el costo político de reconstruir consensos?
¿Quién está dispuesto a perder algo propio para que gane el conjunto?
La dirigencia tiene una responsabilidad histórica. Pero también la ciudadanía.
Porque si naturalizamos el cinismo, si aceptamos que “todos son iguales”, si nos resignamos al descreimiento, entonces el individualismo deja de ser un defecto del poder y se convierte en una cultura general.
Y cuando eso ocurre, la fractura deja de ser política: pasa a ser social.
Argentina necesita volver a discutir un proyecto común. Necesita dirigentes que entiendan que gobernar no es sobrevivir, sino conducir. Y necesita ciudadanos que vuelvan a exigir grandeza.
El desafío no es solo salir de una crisis económica.
El desafío es reconstruir el sentido de comunidad.
Porque un país no se salva cuando algunos se salvan.
Un país se salva cuando se salva junto.
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Editorial por Sergio Raynoldi.