No alcanza con indignarse por un hecho puntual: lo que está en juego es mucho más profundo y nos obliga a revisar el rol de los adultos en una sociedad que cambió.
Hay momentos en los que la realidad incomoda. Y este es uno de ellos.
Porque lo que vimos no puede explicarse solo desde la conducta de un chico. Reducirlo a un caso aislado es, en el fondo, una forma de no hacernos cargo. Lo que hay detrás es otra cosa: un entramado silencioso que crece sin que la mayoría lo vea, pero que influye —y mucho— en la cabeza de nuestros adolescentes.
Hablamos de subculturas digitales donde la violencia no solo circula: se celebra, se comparte y se vuelve cotidiana. Pero también hablamos de algo más amplio: espacios donde el dolor ajeno deja de ser dolor y pasa a ser entretenimiento. Y ahí es donde todo empieza a desfigurarse.
Ahora bien, decir que el problema es internet sería cómodo. Demasiado cómodo.
Internet no es el problema. Es el síntoma.
El verdadero problema es otro. Y duele más decirlo: hay ausencia.
Ausencia de límites.
Ausencia de mirada.
Ausencia de conversación.
Ausencia, en definitiva, de adultos presentes.
Porque la comunicación no es solamente sentarse a hablar. Es observar. Es detectar cambios. Es entender cuándo algo no está bien, incluso cuando nadie lo dice. A veces no hace falta preguntar para saber que algo pasa.
Ser padre hoy es más difícil, sí. El contexto es otro, los riesgos son mayores, las distracciones infinitas. Pero también es cierto que nunca fue tan necesario estar.
Y acá aparece otro punto incómodo: no se trata de controlar ni de invadir. No se trata de convertir la casa en una comisaría. Se trata de acompañar. De construir criterio. De generar vínculos donde el chico no tenga que salir a buscar afuera lo que no encuentra adentro.
Porque cuando eso no está, internet deja de ser una herramienta y se convierte en refugio.
Y no siempre es un buen refugio.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué cambió tanto?
Cambió que hoy vivimos corriendo.
Que trabajamos más y estamos menos.
Que perseguimos estándares de vida que muchas veces ni siquiera elegimos.
Pagamos casas que no habitamos.
Construimos rutinas que no disfrutamos.
Y en el medio, la familia empieza a quedar en segundo plano.
Claro que hay realidades donde no hay opción. Donde trabajar todo el día es una necesidad. Pero también hay otras donde sí la hay. Y ahí es donde aparece la responsabilidad.
Porque formar una familia no es gratis. Implica resignar. Tiempo, dinero, comodidad. Y hoy, muchas veces, queremos evitar esa renuncia.
Entonces pasa lo que pasa: chicos solos, casas vacías, vínculos débiles.
Y después, cuando el problema aparece, miramos para afuera.
También hay un mensaje para el Estado. Si de verdad se quiere abordar este tipo de situaciones, no alcanza con discursos ni con medidas superficiales. Hace falta generar condiciones para que las familias puedan vivir mejor, con menos presión y más tiempo compartido.
Pero no todo es del Estado.
También es nuestro.
Porque en definitiva, la pregunta es simple, aunque incómoda:
¿qué lugar le estamos dando a la familia en nuestra vida?
La tecnología no va a desaparecer. Las redes tampoco. Los riesgos van a seguir existiendo.
Lo que sí puede cambiar es otra cosa:
nuestra presencia.
Porque si nosotros no ocupamos ese lugar, alguien más lo va a hacer.
Y no siempre —o casi nunca— con buenas intenciones.
Escucha el editorial:
Editorial por Sergio Raynoldi.