Una lluvia histórica expuso fragilidades, pero también mostró algo más profundo: una comunidad que responde, se organiza y se reconoce en el otro.
Más de 200 mil personas vieron, compartieron y construyeron información en tiempo real. No es un número: es una señal. Gracias. A quienes enviaron fotos, videos, mensajes; a quienes confiaron en que Avellaneda 24 iba a estar ahí. Estuvimos. Todos. Cada uno desde su lugar, cargando datos, ordenando el caos, tratando de ayudar.
Y también, una disculpa: miles de mensajes sin responder. Se contestó hasta la madrugada, se asistió como se pudo, pero no alcanzó. Cuando la necesidad desborda, ningún sistema alcanza. Y eso, justamente, es parte de lo que pasó.
Porque lo de anoche no fue una lluvia fuerte. Fue otra cosa. Más de 200 milímetros en pocas horas, con picos extremos. Un evento que no es habitual. Una situación límite para cualquier ciudad. No hay obra, no hay desagüe, no hay planificación urbana que resista semejante volumen en tan poco tiempo. Ayer, simplemente, la realidad superó todo.
Pero cuando el agua empieza a bajar, aparece lo importante. No solo el barro. Las preguntas.
¿Dónde construimos?
¿Cómo crecen nuestras ciudades?
¿Qué hacemos con la basura?
¿Qué lugar le dejamos al agua cuando llega?
Porque también hay responsabilidades compartidas. Del Estado, sí. De quienes lotean, también. Pero de cada uno de nosotros. La bolsa que se deja en la vereda cuando se sabe que va a llover. El desagüe del patio conectado a la cloaca “porque era más fácil”. El colchón en el zanjón que después tapa todo.
No se trata de buscar culpables hoy. Hoy no.
Hoy la prioridad es otra.
Hoy hay familias que perdieron todo. Hay chicos que no tienen dónde dormir. Hay casas que todavía están con agua adentro. Y hay algo que define a una comunidad en momentos así: si se organiza para ayudar o si se divide para culpar.
Tiempo para discutir va a haber. Para analizar obras, decisiones, responsabilidades. Todo eso es necesario. Pero no ahora. Ahora, con un respiro en el clima, lo urgente es estar al lado del que la está pasando peor.
Porque estas situaciones, las extremas, hacen caer una ilusión: la de que todo está bajo control. Y cuando eso pasa, aparece lo mejor… o lo peor de nosotros.
Que sea lo mejor.
Que este golpe sirva para pensar en serio cómo queremos vivir.
Que sirva para revisar hábitos.
Que sirva para entender que hay cosas que no dependen solo de una obra, sino también de una conducta.
Y sobre todo, que sirva para confirmar algo que ayer quedó claro:
Cuando hace falta, la comunidad está.
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Editorial por Sergio Raynoldi