Recordar no es celebrar. Es asumir el pasado en toda su dimensión, comprender cómo se llegó al terrorismo de Estado y sostener un “Nunca Más” con profundidad y responsabilidad colectiva.
El 24 de marzo no se festeja. Se conmemora. Se recuerda como el día en que la Argentina ingresó en una de las etapas más oscuras de su historia: la instauración del terrorismo de Estado tras el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Ese día marcó un quiebre. No fue un episodio más en una secuencia de crisis. Fue el momento en que el Estado —el mismo que debía proteger a los ciudadanos— se convirtió en una maquinaria clandestina de persecución, secuestro, tortura y desaparición.
Pero cada año, cuando se acerca esta fecha, vuelve una discusión incómoda, necesaria y muchas veces mal planteada: ¿por qué la memoria colectiva pone el foco en 1976? ¿Por qué no hablar también de lo que ocurrió antes?
La respuesta no es simple. Pero es imprescindible darla.
Antes del golpe, una sociedad quebrada
Es cierto: la violencia en Argentina no comenzó el 24 de marzo de 1976. Venía gestándose en una sociedad fragmentada, con una democracia debilitada y una política que, en algunos sectores, había empezado a tolerar la violencia como herramienta.
Durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, con figuras como José López Rega, actuó la Triple A. También existieron organizaciones armadas que operaban por fuera de la ley. Hubo secuestros, asesinatos, miedo.
Negar eso sería incompleto. Y una memoria incompleta no enseña.
El 24 de marzo, otra cosa
Pero también hay que decirlo con la misma claridad: lo que comenzó el 24 de marzo fue otra cosa.
No fue una escalada más de violencia. Fue el Estado apropiándose del monopolio de la fuerza para ejercerlo fuera de la ley, de manera sistemática y clandestina.
Fue el paso de una sociedad en conflicto a un sistema organizado de terror.
No fue una guerra. Para que haya guerra deben existir condiciones que aquí no se dieron. Lo que hubo fue un aparato estatal que decidió eliminar a quienes consideraba enemigos, sin juicio, sin defensa, sin límites.
Ahí está la diferencia central. Antes del ’76 hubo violencia. Después del ’76 hubo terrorismo de Estado.
La memoria no es capricho
Por eso la memoria colectiva hace foco en ese momento. No es un recorte arbitrario. Es una señal de alarma histórica.
Cuando el Estado cruza ese límite, el daño es infinitamente mayor. Porque no se trata solo de violencia: se trata de la ruptura total del contrato social.
Si todo es lo mismo, entonces nada es lo mismo. Y si nada es lo mismo, el riesgo de repetir la historia vuelve a estar presente.
Contar todo no es justificar
Ahora bien, entender el contexto previo no implica justificar lo que vino después. Tampoco significa poner todo en el mismo plano.
Significa asumir que las sociedades no se rompen de un día para otro. Se deterioran con decisiones, silencios, fanatismos y responsabilidades compartidas.
Contar toda la historia es una forma de hacerse cargo. No de relativizar el horror.
El desafío de una memoria justa
El verdadero desafío no es elegir entre una memoria u otra. Es construir una memoria completa, pero también justa.
Una memoria que no niegue lo ocurrido antes de 1976, pero que tampoco diluya la dimensión del terrorismo de Estado.
Una memoria que no se use para dividir, sino para entender.
Y, sobre todo, una memoria que nos obligue —de una vez por todas— a asumir que la historia no es solo lo que pasó, sino lo que hacemos con ella.
Porque el “Nunca Más” no se sostiene solo con palabras. Se construye con memoria, con verdad y con una responsabilidad colectiva que no admite atajos.
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Editorial por Sergio Raynoldi.