Las descalificaciones entre oficialismo y oposición vuelven a poner en discusión una pregunta que atraviesa a la sociedad: cuándo llegará el momento de dejar la pelea por el poder y discutir cómo vivir mejor.
La frase de Luis Caputo, cuando definió al kirchnerismo como “el infierno” y a Axel Kicillof como “el anticristo”, generó distintas reacciones. El ministro de Economía vinculó esas expresiones con el temor de algunos inversores ante un eventual cambio de escenario político en las elecciones de 2027.
Pero más allá de la discusión política y económica que pueda generar esa afirmación, hay otra cuestión que merece ser puesta sobre la mesa: ¿qué efecto tiene sobre la sociedad la forma en que se expresan quienes ocupan los principales lugares de poder?
Porque si quienes gobiernan, quienes aspiran a gobernar y quienes representan a distintos sectores de la sociedad convierten permanentemente al adversario en un enemigo, resulta difícil pedirle después a la ciudadanía que abandone la violencia verbal, la intolerancia y la confrontación.
El país que se mira desde dos extremos
Durante años, la Argentina parece haber quedado atrapada en una discusión en la que todo termina reducido a blanco o negro. Unos son los responsables de todos los males y los otros aparecen como la única posibilidad de salvación.
El problema es que, en el medio, queda una sociedad que tiene preocupaciones mucho más concretas: llegar a fin de mes, conservar el trabajo, pagar los servicios, acceder a una vivienda, sostener un pequeño comercio o una pyme y poder proyectar el futuro de sus hijos.
Es posible discutir los resultados económicos de cada gobierno, comparar indicadores y analizar qué ocurrió con la inflación, el empleo, la deuda o las cuentas públicas. También es legítimo cuestionar las decisiones tomadas por el kirchnerismo y por el actual gobierno.
Pero una cosa es discutir políticas y resultados, y otra muy diferente es convertir la política en una permanente descalificación personal.
La economía que aparece en los números y la que se vive todos los días
La discusión económica también tiene dos dimensiones que muchas veces parecen no encontrarse.
Por un lado están los indicadores macroeconómicos, los acuerdos internacionales, las cuentas fiscales, los mercados y las inversiones. Por otro, está la economía cotidiana de millones de personas que deben decidir qué comprar, qué pagar y qué dejar para más adelante.
Una mejora en determinados indicadores puede ser relevante para el funcionamiento de la economía, pero para una familia esa mejora adquiere verdadero significado cuando se transforma en trabajo, poder adquisitivo, vivienda, educación, salud y posibilidades concretas de progreso.
Ese es uno de los grandes desafíos que tiene cualquier gobierno: conseguir que la estabilidad y los resultados macroeconómicos no queden solamente en las estadísticas, sino que puedan sentirse en la vida cotidiana.
¿Cuándo podremos discutir sin convertir al otro en el enemigo?
La pregunta de fondo quizás sea mucho más sencilla.
¿Es realmente necesario decirle “infierno” o “anticristo” al que piensa diferente? ¿Qué se consigue con eso?
La Argentina ya atravesó demasiadas etapas de enfrentamientos políticos. También conoció gobiernos de distintos signos, discursos de diferentes extremos y modelos económicos que dejaron consecuencias que todavía forman parte de la discusión pública.
Sin embargo, pareciera que seguimos repitiendo una misma lógica: cada gobierno llega convencido de que debe corregir todo lo que hizo el anterior y cada oposición espera que el fracaso del oficialismo confirme sus propias ideas.
Mientras tanto, la sociedad continúa esperando algo bastante menos grandilocuente: poder trabajar, progresar, educar a sus hijos, acceder a una vivienda y vivir con cierta tranquilidad.
Lo que queda para las nuevas generaciones
Hay además una consecuencia que suele quedar fuera de la discusión.
Los chicos y jóvenes también observan cómo se comportan quienes ocupan los lugares de mayor responsabilidad. Escuchan las agresiones, las acusaciones y las descalificaciones que se repiten diariamente y reciben el mensaje de que la diferencia necesariamente debe transformarse en enfrentamiento.
Después nos preguntamos por qué existe tanta violencia en las calles, en las escuelas, en las redes sociales o entre personas que simplemente piensan diferente.
La dirigencia política no es responsable de cada conflicto social, pero el modo en que se construye el debate público también forma parte del ejemplo que recibe una sociedad.
Una Argentina que todavía espera
Tal vez la mayor preocupación no sea solamente quién tiene razón en esta pelea.
Tal vez sea que, después de tantos años de enfrentamientos, todavía resulte tan difícil imaginar un proyecto de país que pueda combinar crecimiento económico, inversión, trabajo, educación, salud y oportunidades.
Una Argentina que pueda relacionarse con el mundo sin dejar de mirar hacia adentro. Una Argentina donde trabajar vuelva a ser una herramienta concreta para progresar. Donde un joven pueda imaginar su propia casa y donde una familia pueda pensar en el futuro sin sentir que todo se vuelve cada vez más difícil.
Porque, finalmente, la mayoría de la gente no está esperando que un político destruya al otro.
Está esperando poder vivir dignamente.
Y quizá ahí esté la discusión que todavía nos debemos: cuándo vamos a dejar de preguntarnos quién representa el infierno y quién representa el anticristo, para empezar a preguntarnos qué país queremos construir cuando se apagan los micrófonos y termina la pelea política.
Editorial Sergio Raynoldi
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