El 16 de septiembre de 1976, diez estudiantes fueron secuestrados en La Plata. Seis continúan desaparecidos y cuatro sobrevivieron. Cincuenta años después, recordamos lo ocurrido.
Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas.
El 16 de septiembre de 1976 fue una de ellas. En plena dictadura militar, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata fue secuestrado en un operativo que quedó registrado en la historia como La Noche de los Lápices.
Eran jóvenes, muchos de ellos militantes estudiantiles, y varios habían participado durante 1975 de las movilizaciones por el Boleto Estudiantil Secundario. Entre el 16 de septiembre y los días posteriores fueron secuestrados diez estudiantes. Seis continúan desaparecidos y cuatro sobrevivieron.
Pero con el paso del tiempo, La Noche de los Lápices terminó siendo mucho más que el nombre de un episodio de la última dictadura.
Se convirtió en un símbolo.
Y para muchos de quienes éramos jóvenes durante los años 80, hubo una película que ayudó a ponerle imágenes, rostros y emociones a una historia que hasta entonces conocíamos apenas por relatos, diarios o conversaciones.
En 1986, Héctor Olivera estrenó La noche de los lápices, basada en el libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Núñez. La película mostró el secuestro de los estudiantes, su paso por centros clandestinos de detención y las torturas que padecieron. También permitió que una generación que no había vivido directamente aquellos acontecimientos pudiera acercarse a esa historia de una manera particularmente cruda.
Para muchos jóvenes de aquella década, fue una bisagra.
Porque una cosa es escuchar hablar de una dictadura.
Y otra muy distinta es mirar a jóvenes de tu misma edad siendo perseguidos, secuestrados y torturados.
De repente, la historia dejaba de ser algo lejano.
Tenía caras.
Tenía nombres.
Tenía familias esperando.
Tenía padres que no sabían dónde estaban sus hijos.
Tenía jóvenes que tenían sueños, amigos, proyectos y toda una vida por delante.
Y ahí aparece, quizás, lo más doloroso de esta historia.
No solamente se llevaron personas. Se intentó apagar lo que esas personas representaban.
La adolescencia. La educación. La participación. La posibilidad de reclamar. La posibilidad de decir que algo no estaba bien.
Hoy sabemos, además, que la explicación histórica de La Noche de los Lápices no puede reducirse únicamente al reclamo por el boleto estudiantil. La sobreviviente Emilce Moler explicó que la mayoría de los jóvenes militaba en organizaciones políticas y que, en su caso, nunca le preguntaron por el boleto escolar durante su detención.
Eso también es importante.
Porque recordar no significa repetir una versión simplificada de la historia. Recordar también significa intentar conocerla en toda su complejidad.
Y ahí es donde esta fecha empieza a interpelarnos en el presente.
Porque la democracia no consiste solamente en ir a votar cada dos o cuatro años.
Votar es una parte fundamental.
Pero la democracia también supone informarse, preguntar, leer, escuchar posiciones diferentes, conocer la historia, controlar a quienes gobiernan, participar y asumir que nuestras decisiones tienen consecuencias.
Y quizás esa sea una de las preguntas incómodas que deberíamos hacernos:
¿Qué hacemos nosotros con la democracia?
¿Nos preocupamos realmente por saber a quién votamos?
¿Leemos las propuestas?
¿Intentamos conocer qué hizo cada dirigente cuando tuvo responsabilidades?
¿Contrastamos lo que escuchamos?
¿O simplemente esperamos que aparezca alguien que nos prometa solucionar nuestros problemas?
Porque cuando estamos decepcionados de la política puede aparecer una tentación peligrosa: pensar que da lo mismo.
Que todos son iguales.
Que nada va a cambiar.
Que votar es solamente sacarse de encima una obligación.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, el problema no es solamente la política.
También es nuestra relación con ella.
La democracia no es una máquina que, una vez encendida, funciona sola.
Es una herramienta.
Y una herramienta puede utilizarse bien o mal.
Puede servir para construir, para discutir, para reclamar, para cambiar decisiones y para ampliar derechos. Pero también puede ser utilizada desde la indiferencia, la desinformación o el desencanto.
Por eso la responsabilidad no termina cuando depositamos un sobre en una urna.
Empieza también ahí.
No se trata de idealizar la democracia. La democracia no resuelve automáticamente nuestros problemas.
Los problemas económicos siguen existiendo. La inseguridad existe. La corrupción existe. Las desigualdades existen. Las malas decisiones políticas existen.
Y podemos estar profundamente disconformes con un gobierno, con un partido, con un dirigente o con todos ellos.
Eso también forma parte de la democracia.
La diferencia fundamental es que podemos discutirlo.
Podemos criticar.
Podemos organizarnos.
Podemos reclamar.
Podemos cambiar nuestro voto.
Podemos expresarnos.
Y podemos hacerlo sin que una fuerza del Estado venga a buscarnos a nuestra casa por pensar distinto.
Eso, después de lo ocurrido durante la dictadura, no debería parecernos poco.
Por eso también me preocupa cuando el desencanto con la política empieza a transformarse en indiferencia.
Porque cuando dejamos de interesarnos por lo que ocurre, otros deciden por nosotros.
Y entonces aparecen propuestas que pueden parecer absurdas, increíbles o incluso una broma, pero que son reales.
Promesas electorales convertidas en espectáculo.
La política reducida a una provocación.
El voto transformado en una oportunidad para conseguir un beneficio inmediato.
Y ahí uno puede preguntarse: ¿cómo llegamos hasta acá?
Tal vez, en parte, porque estamos cansados.
Porque estamos enojados.
Porque muchas promesas no se cumplieron.
Porque durante años nos dijeron que determinadas decisiones iban a solucionar nuestros problemas y después la realidad fue otra.
Y porque resulta mucho más fácil creer que alguien vendrá a resolver nuestra vida que asumir que nadie va a venir a hacerlo por nosotros.
Ese es quizás el verdadero desafío.
No perder la esperanza.
Porque una sociedad sin esperanza termina aceptando cualquier cosa.
Y una sociedad que deja de creer que puede cambiar las cosas corre el riesgo de entregar su decisión a cualquiera que prometa hacerlo.
Por eso hoy, al recordar La Noche de los Lápices, no alcanza con mirar hacia atrás y decir qué terrible fue aquello.
Hay que mirar hacia atrás para entender por qué fue terrible.
Y después mirar hacia adelante.
Preguntarnos qué sociedad queremos.
Qué democracia queremos.
Qué país queremos dejarles a nuestros hijos.
Porque detrás de cada desaparecido hubo una familia.
Detrás de cada joven había un futuro.
Y detrás de cada derecho que hoy podemos ejercer hubo personas que, de una manera u otra, lucharon por tenerlo.
La memoria no debería servir solamente para recordar a quienes ya no están.
También debería servir para preguntarnos qué hacemos nosotros con la posibilidad que ellos no tuvieron.
Tal vez por eso esta fecha sigue siendo tan importante.
Porque los lápices representan la escuela.
Representan a los jóvenes.
Representan la posibilidad de aprender.
De preguntar.
De discutir.
De pensar distinto.
De escribir.
De levantar la mano.
De decir que algo no nos gusta.
Y sobre todo, de imaginar un futuro diferente.
Quizás esa sea la verdadera enseñanza de La Noche de los Lápices.
Que la democracia no es algo que recibimos y podemos guardar en un cajón.
La democracia se ejerce. Se cuida. Se discute. Se cuestiona. Se mejora.
Y para eso necesitamos algo tan sencillo como fundamental:
interesarnos.
Leer.
Escuchar.
Preguntar.
No creer todo lo que nos dicen.
No dejar que otros piensen por nosotros.
Y entender que nuestro voto no es solamente un trámite.
Es una responsabilidad.
Porque aquellos jóvenes tenían sueños que quedaron interrumpidos.
Nosotros, en cambio, tenemos todavía la posibilidad de seguir soñando.
Y quizás la mejor manera de honrar esa posibilidad no sea vivir mirando permanentemente hacia el pasado.
Sea aprender de él.
Y utilizar la libertad que tenemos hoy para construir, entre todos, el futuro que queremos.
Porque después de tantas veces que este país cayó, después de tantas veces que pareció que todo estaba perdido, todavía seguimos acá.
Y mientras sigamos teniendo la posibilidad de elegir, de hablar, de reclamar y de volver a empezar, todavía hay algo que nadie debería quitarnos:
la esperanza.
Editorial Sergio Raynoldi