El 24 de marzo no puede ser solo una fecha. Es una interpelación directa al presente: a lo que fuimos, a lo que perdimos y a lo que elegimos hacer hoy.
Hay fechas que no se recuerdan: se sienten. El 24 de marzo es una de ellas. No admite liviandades ni automatismos. No alcanza con repetir consignas ni con cumplir el rito anual de la memoria. Porque si algo nos dejó el golpe de 1976 es, justamente, la obligación de pensarnos como sociedad, sin excusas.
El derrocamiento de María Estela Martínez de Perón y la instauración de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti no fue solo un golpe militar. Fue también el resultado de una trama más profunda, donde hubo complicidades, silencios y avales que excedieron a los uniformes.
Se trató de un proyecto que no solo desapareció personas. También intentó reconfigurar la Argentina: su economía, su estructura productiva y, sobre todo, su tejido social. En ese proceso, el miedo dejó de ser una consecuencia para convertirse en herramienta. Y ahí aparece uno de los legados más persistentes: el “no te metas”.
Porque mientras se cerraban fábricas, se desmantelaba la industria nacional y crecía la deuda externa, también se iba instalando algo más silencioso y duradero: la desconfianza en el otro, el repliegue hacia lo individual, la pérdida del compromiso colectivo.
Ese daño, a diferencia de otros, no terminó en 1983 con la llegada de Raúl Alfonsín. Siguió operando, muchas veces de forma invisible, en cada espacio donde dejamos de participar, en cada discusión que evitamos, en cada decisión que preferimos delegar.
Por eso el problema no es solo lo que pasó. El problema es lo que hacemos hoy con esa historia.
Porque la memoria, si no incomoda, si no interpela, si no obliga a revisar conductas, corre el riesgo de convertirse en una pieza de museo. Y la democracia no se sostiene con recuerdos: se construye con participación.
Participar no es cómodo. Involucrarse exige tiempo, energía, discusión. Obliga a salir del lugar individual, a mirar al otro, a hacerse cargo. Pero no hay atajos: el espacio que uno deja vacío, otro lo ocupa. Y no siempre con las mejores intenciones.
La pregunta entonces es inevitable, casi incómoda: ¿qué estamos haciendo hoy con la democracia que recuperamos?
Porque no alcanza con decir “Nunca Más” si después nos retiramos de la vida pública, si dejamos de debatir, si aceptamos la indiferencia como norma. No alcanza con recordar a los que faltan si no somos capaces de reconstruir lo que se rompió.
La historia no condena, pero advierte. Marca caminos, muestra consecuencias. Y los argentinos tenemos una tendencia peligrosa: tropezar más de una vez con la misma piedra.
Tal vez el desafío más grande de este nuevo aniversario no esté en mirar hacia atrás, sino en animarnos a mirar el presente con honestidad. Entender qué perdimos, sí, pero sobre todo preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para recuperarlo.
Porque la democracia no se hereda.
No se garantiza sola.
Y, definitivamente, no se sostiene sin participación.
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Editorial por Sergio Raynoldi.