En cada testimonio de excombatientes hay más que historia: hay sensaciones, recuerdos y emociones que muestran el precio de la juventud enfrentando lo inesperado.
En Reconquista, escuchar a quienes fueron a Malvinas no es solo repasar fechas o maniobras militares. Es sentir lo que ellos vivieron, en el silencio, en la mirada, en la manera en que recuerdan cada instante.
César Reniero, que estaba en la Armada a bordo del ARA Bouchard, recuerda aquel 1 de mayo de 1982 sin hablar de estrategias, sino de un momento: el comandante anuncia la salida, y luego viene un silencio que se siente en el cuerpo. Entre ese silencio, alguien arranca el Himno. Bajito, temeroso. Pronto todos se suman. Terminan gritando un “¡Viva la Patria!” y vuelven a sus puestos, algunos impulsados por la adrenalina, otros por el miedo, pero todos cumpliendo con lo que les tocaba.
Juan Carlos Vidal tiene otra historia. Navegó días sin saber su destino hasta que, en el cuarto día, comprendió que iban a Malvinas. En el Cabo San Antonio, desde donde salieron los anfibios, le tocó el número 07. Recuerda el desembarco: impactos, ruido, desorden y un compañero herido, Tello, de 19 años. Relata todo con la misma claridad que si hubiera sucedido ayer, como intentando procesar la magnitud de lo que vivió siendo tan joven.
Osvaldo Guster, por su parte, recuerda primero el mar, algo que no conocía viniendo del norte. El ruido del agua contra las piedras le pareció hermoso y lo plasmó en cartas a su familia, en medio del miedo y la incertidumbre. Pedía oraciones, pensaba en sus hermanos, y repetía: “no se preocupen, ya voy a volver de este viaje”. Viaje: así lo llamaba, porque había salido de una vida común y se encontraba en un mundo completamente distinto.
El 25 de abril comenzó todo de verdad, cuando se subió al avión rumbo a lo desconocido. Historias distintas, pero con algo en común: eran pibes enfrentando algo enorme. Lo atravesaron con lo que tenían, con lo que eran.
Escuchar estos relatos en Reconquista no es mirar para atrás. Es entender de qué estamos hechos, reconocer que la ciudad no son solo calles, plazas o edificios, sino la suma de estas experiencias. Cada historia importa, cada voz construye memoria.
Porque, al final, Reconquista es eso: la ciudad de todos, formada por las historias que se animan a contarse y las vidas que dejaron su huella.