Desde su nacimiento en Yapeyú hasta su muerte en Francia, la vida del Libertador fue una entrega absoluta a la independencia sudamericana.
“En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo…”.
Así comienza el testamento redactado en París el 23 de enero de 1844 por José de San Martín, el hombre que había cambiado el destino de América del Sur.
El documento, escrito “de su puño y letra”, revela no sólo la formalidad de un militar, sino la profundidad espiritual de quien asumió la libertad como misión histórica. Aunque viviría treinta y cuatro años y siete meses más, su legado ya estaba asegurado.
De Yapeyú a España


Nacido el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, en las entonces misiones correntinas, fue el cuarto de cinco hijos de Juan de San Martín y Gregoria Matorras.
En 1784, la familia partió hacia Cádiz. José ingresó como cadete al Regimiento de Infantería de Murcia en 1789, iniciando una carrera militar en el ejército español que lo llevaría a combatir en África, en los Pirineos y contra las tropas napoleónicas.
Tres factores marcaron su formación: la crisis de la monarquía de Carlos IV, el impacto de la Revolución Francesa en Europa y la experiencia directa en los nuevos métodos de guerra, como la táctica de guerrillas.
El regreso y el plan continental

En 1811 emprendió su regreso a América. Pasó por Londres —donde adquirió su célebre sable corvo— y arribó a Buenos Aires. En 1812 asumió como jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo.
Su visión estratégica fue clara: derrotar el poder realista en el Perú como núcleo del dominio español. La organización del Ejército de los Andes y su apoyo decisivo a la Declaración de la Independencia en 1816 consolidaron su figura como conductor indiscutido.
En Cuyo encontró respaldo popular absoluto. Miles de hombres marcharon bajo sus órdenes atravesando la cordillera en una de las hazañas militares más extraordinarias de la historia.
Las victorias de Chacabuco y Maipú sellaron la libertad de Chile y afianzaron su alianza con Bernardo O’Higgins.
Perú y la entrevista decisiva


El 28 de julio de 1821, San Martín proclamó la independencia peruana:
“El Perú es, desde este momento, libre e independiente…”.
Sin embargo, la guerra no estaba completamente definida. En 1822, tras apoyar las campañas de Riobamba y Pichincha, se reunió en Guayaquil con Simón Bolívar. Aquella entrevista marcaría el inicio de su retiro político y militar.
Consciente de las divisiones internas y de la guerra civil en las Provincias Unidas, optó por apartarse. Su sable, prometió, no se mancharía con sangre de compatriotas.
Exilio, dolor y gloria
La muerte de su esposa, Remedios de Escalada, y el contexto político lo empujaron definitivamente al exilio en Europa. Bélgica y Francia fueron sus hogares finales.
Falleció el 17 de agosto de 1850 en Boulogne-sur-Mer, Francia.
Sus restos regresaron en 1880 y hoy descansan en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, custodiados por sus granaderos.
El Padre de la Patria
San Martín fue militar, estratega y estadista, pero también hombre enfermo —padeció úlcera péptica, asma y reumatismo— y profundamente humano.
Fue atacado y calumniado, pero jamás superado en grandeza moral.
Su figura sintetiza la construcción de tres naciones libres. Su legado trasciende batallas y fechas: es la convicción de que la libertad exige sacrificio, disciplina y renunciamiento personal.
Hablar de la gesta sanmartiniana no es sólo recordar una epopeya. Es reconocer al hombre que, con visión continental y desprendimiento político, consolidó el destino independiente de Sudamérica.