La participación ciudadana en las elecciones brasileñas abre una reflexión sobre el compromiso democrático, los límites de la agresión política y la importancia de recuperar el respeto.
¿Nos involucramos o seguimos mirando desde afuera?
Quería tomarme un tiempo para compartir con ustedes mi pensamiento y mi análisis respecto de lo que ocurrió ayer en Brasil. Todo parecía, de alguna manera, estar estipulado por los resultados de la primera vuelta. Sin embargo, se produjo un hecho social impactante, de una magnitud que merece ser analizada.
Ustedes saben que me gusta estudiar los fenómenos sociológicos que se producen en los pueblos. Y lo que ocurrió en Brasil fue realmente conmovedor: millones de personas se movilizaron para participar de una elección que consideraban decisiva para su futuro.
Podríamos resumirlo en una frase que me pareció muy interesante y que incluso consulté con mi inteligencia artificial: cuando un pueblo decide dejar de ser espectador para ser protagonista.
Las imágenes explicaron mucho más que cualquier discurso político. Personas mayores, personas en sillas de ruedas y gente humilde que tuvo que subir a canoas, botes y barcos para salir de las zonas del delta de los ríos y llegar a los lugares de votación. Personas que fueron a votar como pudieron, impulsadas por la convicción de que su decisión podía marcar una diferencia.
Detrás de cada persona que se movilizó había una historia, una preocupación y una esperanza. Pero, sobre todo, había una convicción: su voto podía influir en el rumbo de su país.
La democracia necesita ciudadanos protagonistas
La gran lección que nos deja Brasil es que la democracia no se sostiene solamente con instituciones, discursos o campañas electorales: necesita ciudadanos dispuestos a involucrarse y participar.
Cuando una sociedad siente que están en juego su bienestar, sus derechos y el futuro de sus hijos, aparece algo que va más allá de cualquier partido político: el sentido de comunidad y la necesidad de proteger aquello que considera propio. Es una especie de mecanismo de autoprotección colectiva.
Y cuando ese sentimiento se transforma en acción, cuando la gente deja de mirar desde afuera y decide convertirse en protagonista, la política recupera parte de su esencia y de su sentido más profundo.
Podemos abrir un paréntesis y trasladar esta reflexión a nuestro país. Al final del gobierno de Alberto Fernández, con una inflación anual superior al 100%, muchos argentinos sentíamos que algo teníamos que hacer para cambiar lo que estaba pasando, porque la situación nos llevaba puestos. Elegimos, evidentemente, un cambio: elegimos a Milei.
A la luz de los hechos, podemos discutir si fue una buena o una mala decisión. Pero lo importante para esta reflexión es entender que también en la Argentina hubo una sociedad que decidió cambiar porque sentía que la política económica afectaba profundamente su vida cotidiana.
La política debería ser, precisamente, la herramienta mediante la cual una sociedad discute su presente y construye su futuro.
Los límites de la agresión política
Hay otras lecciones que merece la pena analizar en esta elección brasileña. Una de ellas tiene que ver con los límites de la agresión, tanto dentro como fuera de la política.
En los últimos años vimos cómo ciertos dirigentes hicieron del insulto, la descalificación y la confrontación permanente una forma de construir poder. Pero también vemos las consecuencias de esa lógica en la sociedad, en una convivencia cada vez más crispada, donde las personas parecen estar dispuestas a pelear por cualquier cosa.
Creo que nos equivocamos cuando pensamos que el otro es nuestro enemigo. Gobernar no debería ser una batalla interminable contra un adversario al que hay que humillar, ridiculizar o derrotar a fuerza de gritos y, en ocasiones, hasta de golpes.
Una cosa es discutir ideas, confrontar intereses y defender convicciones. Eso es saludable y necesario en una democracia. Otra muy distinta es convertir la agresión en una identidad política.
La agresión puede movilizar a los propios y generar repercusiones, pero también puede producir rechazo y alejar a quienes no están fanatizados. No todo lo que genera adhesión entre los seguidores construye un liderazgo capaz de representar a una mayoría.
La experiencia brasileña también invita a pensar en las consecuencias de llevar la confrontación al terreno personal. Cuando la discusión política se centra en atacar las características físicas, las condiciones personales o las discapacidades de alguien, se cruza una frontera que resulta difícil de revertir.
Porque hay mucha gente que nos está mirando y otra tanta que nos está imitando. Cuando estas conductas se trasladan a la sociedad, aparecen el enojo permanente, la insatisfacción y el resentimiento que vemos en el tránsito, en el supermercado y en cualquier fila.
Es algo realmente serio.
La dignidad humana por encima de cualquier ideología
La dignidad humana no debería depender de la pertenencia partidaria. Hemos visto cómo, durante este tiempo, personas de una misma familia, grupos de amigos y hasta integrantes de una misma peña o mesa de cena tuvieron que dejar de hablar de política porque las discusiones terminaban en ataques personales.
Y por ahí no debe pasar la discusión política.
La dignidad, la discapacidad y las cuestiones vinculadas con la vida privada de una persona no deberían convertirse en herramientas para agredir por razones ideológicas. Esto vale tanto para los dirigentes como para los ciudadanos, los vecinos, los familiares y los amigos.
Si las sociedades no empiezan a reclamar, de distintas maneras, algo tan elemental como el respeto, mal vamos a terminar.
Para entablar una discusión mínimamente constructiva tiene que existir respeto por el ser humano, por la persona que está por encima de cualquier ideología, sea de derecha, de izquierda o de centro.
La política, la economía y las ideologías sirven en tanto y en cuanto beneficien la vida y la dignidad de las personas. Cuando se convierten en herramientas cuyo único objetivo es perpetuarse a sí mismas, dejan de ser útiles para cualquier pueblo.
Cómo una característica personal puede convertirse en un símbolo
Sería demasiado sencillo analizar una elección solamente a partir de los errores de quien pierde. También hay que observar la inteligencia de quien consigue interpretar las emociones de una sociedad.
Y aquí aparece una cuestión interesante desde el punto de vista del marketing político.
¿Quién aprovechó mejor la situación frente a las agresiones de Bolsonaro hacia Lula por la pérdida de uno de sus dedos? ¿Con quién empatizó más el pueblo brasileño? ¿Quién logró utilizar su historia de vida para conectar con las experiencias de millones de personas?
En ese terreno, Bolsonaro quedó en orsai, como decimos en términos futbolísticos.
La historia de Lula, su origen humilde, las dificultades que atravesó, su trayectoria sindical y la pérdida de uno de sus dedos en un accidente laboral forman parte de una experiencia con la que muchos trabajadores pueden identificarse.
Lula logró reflotar una canción y un spot publicitario de su primera elección presidencial para volver a contar su historia. Una característica personal terminó convirtiéndose en un símbolo del esfuerzo, las dificultades y la experiencia de los trabajadores.
Hay una cuestión sociológica detrás de esto: es más fácil que una historia de vida genere empatía cuando una parte importante de la sociedad reconoce en ella experiencias propias.
La política siempre trabajó con símbolos, emociones, recuerdos, heridas y esperanzas. Eso no es nuevo. Los dirigentes y los equipos de campaña de distintas partes del mundo recurren a estos elementos para construir sus mensajes.
El problema aparece cuando la emoción reemplaza por completo al análisis. Una historia personal, por conmovedora que sea, no puede funcionar como una garantía automática de capacidad para gobernar.
La historia de un dirigente merece ser conocida. Sus dificultades pueden generar empatía y su trayectoria puede ayudar a comprender sus convicciones. Pero nada de eso lo vuelve infalible.
Ni Lula es impoluto ni Bolsonaro puede explicarse solamente a partir de sus errores. Los liderazgos políticos deben analizarse desde la complejidad del contexto y del tiempo. Y será precisamente el tiempo el que permita evaluar el resultado de esa construcción política.
Participar también es una forma de ejercer el poder
Hay otra cuestión que me llama poderosamente la atención: la participación electoral.
Cuando se habla de elecciones, solemos concentrarnos en los resultados finales, en los porcentajes y en quién ganó o perdió. Pero, a veces, detrás de esos números hay una historia igual de importante: la de una sociedad que decide involucrarse.
Más allá de las cifras definitivas y de las diferencias entre los candidatos, cabe preguntarse cuántas personas que habitualmente no participan de una elección sintieron que lo que estaba por ocurrir era tan importante que debían involucrarse.
Por supuesto, en esa movilización pueden intervenir el rechazo a un candidato, las campañas electorales, la organización partidaria y las circunstancias de cada elección. No todo puede explicarse a partir de una sola causa.
Sin embargo, hay una pregunta que merece hacerse: ¿cuántas personas sienten que su futuro está en juego y deciden actuar en consecuencia?
Votar no es solamente elegir un nombre en una boleta. Es intervenir, hacerse parte y participar de una decisión colectiva que condiciona la vida cotidiana de millones de personas.
Y esta reflexión nos lleva directamente a la Argentina.
¿Queremos ser espectadores o protagonistas?
Yo quiero trasladarles una pregunta y, al mismo tiempo, hacérmela a mí mismo: ¿qué quiero ser en mi país el año que viene?
¿Quiero ser un espectador, quedarme en la vereda criticando y tirando piedras, o quiero convertirme en un verdadero protagonista?
Ser protagonista no significa necesariamente militar en un partido político. Podemos involucrarnos desde distintos lugares: en un club, en una vecinal, en una cooperadora, en una cooperativa o en cualquier institución de nuestra comunidad.
Pero, fundamentalmente, significa informarnos, leer, analizar y sopesar las opiniones y las decisiones de quienes nos gobiernan. Significa mantenernos atentos para que no nos mientan ni nos vendan espejitos de colores.
Porque participar también es ejercer nuestra capacidad de pensar, cuestionar y decidir.
La pregunta que les hago hoy, y que también me hago a mí mismo, es esta: ¿quiero ser parte de un pueblo que toma sus propias decisiones o de uno que deja que otros decidan mientras se queda quejándose desde la vereda?
Merece la pena que lo pensemos. Tenemos elecciones por delante y debemos preguntarnos qué queremos para nuestro futuro, qué país queremos construir y qué lugar estamos dispuestos a ocupar en ese proceso.
Porque, al final, la cuestión es precisamente esa: decidir qué queremos ser.
¿Espectadores o protagonistas?
Editorial Sergio Raynoldi