La reacción emocional frente a décadas de fraudes políticos explica por qué una parte del país eligió un rumbo que hoy golpea derechos básicos y profundiza desigualdades.
Vivimos un tiempo donde la política dejó de inspirar respeto y pasó a generar decepción sistemática. No es nuevo: desde Menem hasta Alberto Fernández, pasando por cada promesa incumplida, la sensación de fraude acumulado dejó a la sociedad exhausta. Y ante el hartazgo, elegimos reaccionar, no razonar.
La pregunta probablemente nunca fue “por qué votamos lo que votamos”, sino para qué. ¿Qué buscamos cuando apoyamos a dirigentes que anuncian, sin disimulo, medidas que perjudican a la clase trabajadora, a la clase media y a los sectores humildes?
Las figuras que dejaron de ser intocables
Hubo un tiempo en que ciertas figuras eran sagradas: la maestra, el cura, el médico, el comisario, el intendente. Eran autoridades que no se discutían. Pero cada una cayó por su propio peso. Errores, abusos, mentiras, escándalos: todas esas imágenes intocables se resquebrajaron.
Y cuando se quiebra un tótem, aparece la reacción emocional: si aquello que veneraba me decepciona, voy al extremo contrario.
Ese es el clima que habilitó el voto al outsider, al que no representaba nada de lo que alguna vez respetamos. Un voto entendido más como castigo que como proyecto.
El voto como gesto emocional
No votamos desde la razón. Votamos desde la bronca, el resentimiento, la decepción profunda. La motosierra, la retórica contra “la casta”, la idea de destruir el Estado… todo eso conectó con una herida latente: la traición repetida por parte de dirigentes que debían cuidar lo público y no lo hicieron.
Esa emoción fue tan fuerte que incluso rompimos un mito histórico:
ni siquiera la estabilidad económica garantizó apoyo al gobierno de turno.
Porque hace dos años que la economía se derrumba: salarios pulverizados, inflación acumulada, caída del consumo y un billete de $20.000 que hoy apenas compra un kilo de carne cuando antes alcanzaba para tres.
La reforma laboral como síntoma
La nueva reforma laboral no sorprende: era anunciada. Pero golpea con crudeza:
- Periodos de prueba de seis meses y contratos eternamente temporales.
- Indemnizaciones reducidas, pagadas en cuotas y calculadas con promedios que licúan derechos.
- Descuentos de hasta el 8% del salario para financiar un fondo que beneficia al empleador.
- Jornadas de hasta 12 horas, sin pago de extras.
- Pagos en pesos, dólares o incluso “en especies”.
- Movilidad geográfica sin consentimiento.
- Derecho a huelga prácticamente anulado.
Medidas que en muchos casos ya pasaban de forma informal, pero ahora se legalizan. Un esquema que va a contramano del mundo desarrollado, que reduce horas y mejora la vida laboral, no la precariza.
La consecuencia de elegir desde la bronca
Elegimos un camino que sabíamos hacia dónde iba. La emoción pudo más que la conciencia. Y ahora enfrentamos un modelo que, de aprobarse en su totalidad, reconfigura la vida laboral y social por generaciones, nos acerca a los países más desiguales de América Latina y genera una competencia desesperada por migajas de trabajo.
La culpa es compartida:
- de los dirigentes que defraudaron,
- de quienes callaron o aplaudieron el fraude,
- y también de quienes eligieron no pensar estratégicamente en el voto.
Porque como dijo tu oyente, después, a llorar al campito.
La salida todavía existe
Aun así, la esperanza no se agota.
Somos un pueblo que ha remontado crisis mucho peores.
La salida no vendrá de la dirigencia, sino de la capacidad ciudadana de aprender:
dominar la emoción, votar a conciencia, recuperar valores básicos y reconstruir lo destruido.
Argentina no está condenada.
Pero si no aprendemos de esta herida —y de cómo votamos desde ese dolor—, seremos el país bananero del que tanto nos reímos.
Editorial de Sergio Raynoldi.